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Noviembre del 2007
El visitante autoinvitado. Un punk fuera de punto.
Un día llama uno de los sobrinos del basto campo de parentela de la que V se ocupó cuando era estudiante. El chico ya ha sobrepasado la trentena y se declara ser un incomprendido en todas partes y en particular en su familia y con sus padres. Tantea si será bien recibido si nos visita. Prácticamente se auto invita. V nunca dice no a nada ni nadie que sea de su familia biológica y yo me dejo llevar por un resto de hospitalidad que todavía no he conseguido reducir a cero en mis neuronas. Llegado el día se presenta el chico. Me aborda en la calle cuando estoy saliendo de mi Estudio. Él ha estado al acecho durante un rato por desconexión telefónica. Me reconoce. Me dice que hemos coincidido un par de veces, cosa que le niego, la insistencia de su parte en ese punto me hace dudar. Lo subo en coche y lo llevo a casa. Resulta un tipo pletórico, nada que ver con un perfil descolorido por los traumas de exclusión. En casa V aclara lo de las coincidencias. Solo lo he visto una vez, la única que vi a una de sus hermanas y a un determinado cuñado y en la mesa estaban los hijos, entre ellos este. Ni recordaba su cara ni su voz. Las otras veces, en un restaurant en el Port Olímpic y en una visita anterior que vino a casa con su pareja, yo no estaba. Tomo nota del detalle. El principio de Alzheimer lo tienes tú, le digo.
Pasamos por el ritual clásico: descorchamos una botella y lo invitamos a vino, preparamos un espagueti estupendo con salsa al pesto y una ensalada servida en una escupidera reciclada de un parador nacional que hace la función de fuente. Comida de la que no resalta nada especial salvo los sabores de la propia comida y del vino. Me pregunto si la botella escogida ha sido la adecuada. En el sofá, nuestro visitante prefiere, en lugar del té, seguir con la primera de una colección de cervezas de medio litro que él mismo se auto sirve del frigorífico. Cuando intenta fumar le marcamos el territorio diciéndole que en la calle sí, que en casa, incluyendo nuestro minúsculo patio, no. Ya que las plantas no pueden hablar me hago representante de los intereses de ellas, además la puerta entre el interior de la casa y el patio está abierta y el humo no conoce fronteras. El rato de conversación con él la puebla de tacos y tics verbales ordinarios. Se refiere a sus padres como “este hombre o “la mujer” y mencionarlos como sus padres le resulta extraño. Probablemente ha sido un criajo castigado, colgado por los pulgares en la habitación de las ratas o por los testículos en la base del ascensor cuando no se portaba bien. Toca respetar sus sentimientos y resentimientos aunque no entramos en esa materia sino que nos habla de sus mujeres y de follar. Ese verbo predomina a cualquier otro. Al cabo de un rato mis ocupaciones me reclaman y me libro de lo que ya juzgo una prosa suficiente. Le digo que en el rato que llevo tratándolo noto que usa un lenguaje demodé y machista. No se entera. Seguirá usándolo durante el resto de la tarde. V que lo ha tratado más dice que le nota grandes cambios. La verdad es que se abstiene de fumar dentro de casa y las latas de cerveza dejadas aquí y allá no es tampoco para ponerle un cero. En un pronto mío antes de la comida le propongo que se puede quedar a dormir. Luego en el rato del té me doy cuenta que me he precipitado. Afortunadamente hay un concierto de Reggae en la ciudad y sus colegas lo esperan. Puesto en contacto con ellos decide irse. V lo acompaña hasta la estación del tren en lugar de insistirle que tome el autobús al lado de casa.
A mi regreso a casa durante la tarde, lo dedico primero a descansar y despues a escribir mi artículo diario en el ordenador. Compartimos unas horas mas pero V ha hecho de anfitriona yo ya me he desentendido del tema. Es un chico vital que parece que sabe lo que quiere. Tiene todas las trazas de haberse estrellado en el pasado y de volver a hacerlo en el futuro. No tiene la menor voluntad en la comunicación. La comunicación con él, de haber alguna, sería la de abandonar su pose un tanto de falso seguro. Me parece un chico estandarizado al que no me acercaría a su campo acústico tras interceptarle un par de sus frases. Podría decir que no veo porque tengo que modificar ese criterio por tenerlo en casa. La familia obliga y entiendo perfectamente a mi compañera y los sentimientos que tiene. Los dos llevamos años hablando sobre el tema. Para ella su familia es un todo unitario, para mí no es ni siquiera un grupo. Tiene en su lista unas cuantas personas que pueden ser interesantes y otras que no, como en cualquier otro conglomerado humano. Uno de mis conflictos con V desde el principio de nuestra relación amorosa y convivencial ha sido –y seguirá siendo- mi actitud ante su familia. Ella es una incondicional y lógicamente la quiere, yo mido cada situación y estoy atento a las vibraciones, la energía y sobre todo las ideas y posturas con cada persona. Mi visión global de su familia es que en conjunto representa demasiado la otra España. A nuestro auto invitado le pongo una trampa aprovechando una anécdota reciente de política internacional para evaluar que se puede esperar de su ideología. Me dice que de quedarse encerrado en un ascensor preferiría que le pasara con el expresidente del Pp español que no con Hugo Chávez. No soy chavista pero del visitante me da una parte de su retrato. Le digo que recordaré el dato.
Con los años he ido adquiriendo un cierto aprecio con algunos de los familiares de V. Algunas hermanas llaman a casa y aunque siempre lo hacen para preguntar por ella a veces aprovecho para intercambiar un par de palabras. Sé que sus ideas españolistas no tienen nada que ver con las mías ni con las de V y su forma de ser no va con la mía ni la mía con la suya. En cuanto a los más jóvenes del apellido compartido no es precisamente la trentena larga de componentes de la sobrinada la parte más interesante. Tiene el interés sociológico de verla crecer haciendo el paso a la sociedad adulta. La mayoría siguen los pasos de sus antecesores en el sentido de reproducir los mismos esquemas de dominio social.
Por un momento pensé que el visitante auto invitado por su disconformidad arrojaría otra visión. Fumar hachís y declarar la inexistencia de alternativa social, algo que V y yo compartimos, no significa que lo sea tras probar el acero de las luchas y la militancia por alguna causa, salvo la suya, la de un niño marginado, reconvertido en un adulto inadaptado. Un punk fuera de punto que inició sus correrías con la tesis de que no había futuro y que sigue sin haberlo tres lustros después. La inadaptación social realmente no es el problema, la mitad de la población mundial por no decir más vive en la inadaptación permanente a las pautas marcadas por la otra mitad. Un grueso de juveniles no quieren saber nada del pasado o les basta tener ligeras ideas para llenar ratos de conversaciones. Cualquier información que no desean computar les ralla. Lo único que vale es su mono discurso gangoso en torno a la alucinación permanente. Si algo podemos adivinar los unos de los otros es lo que somos por los usos lingüísticos que hacemos. El campo denominacional limitado de alguien lo tiene sumido en el pozo lejos de las perspectivas y de la voluntad organizada. El adulto espera del joven que se haga mayor para entender de qué va la vida y éste piensa que el mundo se lo debe todo y él/ella no le debe nada. El mono discurso juvenilesco de que todo está hecho una pena y que sufre las consecuencias de un pasado en el que no intervino dura una temporada, una etapa vital. Tras la adolescencia o a partir de los 18-20 años el tema resulta demasiado repetitivito para quien lo dice. El atributo que más caracteriza a la persona madura es el de saber que cada cosa que hace tiene desenlaces y su conducta de hoy va a convertirse en las consecuencias del mañana. A diferencia del niño que pone la responsabilidad en los demás el adulto la pone en si mismo. Es difícil transmitir esta idea en quienes tengan la edad que tengan siguen con criterios infantiles y su propósito existencial no es el de crecer (comprender, saber, amar) sino el de sobrevivir (sin comprender, sin saber, sin amar).
Un perfil neo punk tiene un interés casuístico. No hay nadie que no despierte un cierto interés aunque las limitaciones horarias y energéticas llevan continuamente a hacer una selección de los demás. Es una mentira decir que todos los demás tienen la misma importancia (ni siquiera todos los hijos de una pareja tienen la misma cuota de cariño recibida de parte de sus padres).No, no la tienen. Vivimos reconociendo los dos extremos: el de quienes tienen máxima importancia y los de quienes tienen mínima importancia, incluso hay quienes tienen nula importancia. No he querido creer que por principio hay que amar o tener dedicación por sistema a todo el mundo. La composición existencial es un concierto que trata de ser armónico pero con participaciones distintas. Me repito que cada cual tiene derecho a la suya pero en el fondo no creo realmente en eso. Hay existencias que se estrellan y encima arrastran en su delirio a los más cercanos. No traté tanto con nuestro visitante como para hacer pronósticos, sí lo suficiente como para saber hasta donde está mi límite de admisión de discurso ajeno. En ese sentido V es una heroína capaz de aguantar horas de conversación aunque esté posicionada de una manera distinta. Cuando hablamos de ello yo admito su galantería a cambio de que ella admita mí –lo que puede ser interpretado como- grosería. No tengo, ni quiero tener tiempo, para todo y para todos. Hay demasiados tipos de discursos de los que desintonizo. En realidad tengo una relación con la realidad como la tengo como radioyente con el dial.
Como que todo momento con vivencial genera reflexiones posteriores, tras la despedida de nuestro visitante el mismo día que vino (afortunadamente no se quedó a dormir ni los dos siguientes días que iba a estar en la ciudad) V y yo hablamos de que no sabe qué hacer para ser el centro cuando estamos con su familia. No es que fuera el caso con el visitante del día, pero en efecto hay muchos momentos a los que ya me he acostumbrado con su familia en que funciona el singular (refiriéndose ella a si misma o sus familiares, también amigos, a ella) y no el plural (en el que nos engloba a los dos). Me he acostumbrado a esta discriminación sutil. Sé quien soy y donde estoy. Estos tics no me alteran pero los detecto en el mismo momento en que se producen. En realidad como observador tengo muchas razones para discutir formas de habla en el mismo momento o a los pocos instantes en las que se producen, pero eso me llevaría a dar instrucciones, rol que no me gusta. De otro lado las discusiones en profundidad generan una antagonización más rápido de lo que se supone. Ir a determinados espacios, como el de la familia de tu partner, en los que sabes que su ideología no coincide con la tuya, aconseja a no entrar a hablar según que temas y optar por hablar de meteorología o de literatura. Inevitablemente la vida relacional interesada nos lleva a la omisión, es decir a una variedad de la mentira.
Con quienes vienen detrás, a una generación o a dos generaciones despues de la tuya piensas con ilusión que eso puede variar, que se puede hablar con absoluta franqueza. Te equivocas. La gente más joven se desentiende de la memoria histórica, no quiere oír hablar de lo sucedido, no quiere enterarse y si encima insistes en una discusión te tildarán de qué tratas de que asuman tu historia cuando solo es tuya. Confunde cosas tan básicas como biografía e historia y olvida que el tiempo es una ficción teniendo ideas seniles por caducas antes de cumplir un tercio de sus vidas. Con todo, alguien que te sigue, a 30 o 40 años vista de edad, no es alguien que esté tan lejos de comportamientos con los que ya viviste en su momento. Muchas veces son la confirmación de que pasan los años sin que evolucionen las ideas. Creo que el planeta no concederá el margen de tiempo suficiente para que la humanidad evolucione (cuando menos unos miles de años), antes la echará del que ya no es el paraíso terrenal.
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La literatura lo abarca todo con o sin permiso de los protagonistas de los temas tratados. Es eso que la hace grande. Antes o después un/a escritor/a aborda lo que por mucho tiempo ha podido ser silenciado por miedos represivos, por falsos pudores morales o por ignorancia. Las canteras de las que salen las letras son la misma realidad que no para en su producción continua de acontecimientos y sus observadores. La realidad en si misma no es nada, sus intérpretes la recrean. El escritor, con o sin musa con la que se acueste o que le inspire, tiene que sudar la gota gorda para construir textos aceptables que trasladen la realidad, o sus fragmentos, a un estado de ingesta. Lo mismo que cualquier otro producto artístico: un cuadro, una ópera o un gag, un texto traslada a otro registro la mirada de la expectación. Un espectador anónimo no está esperando que una propuesta artística le diga lo que ya sabe o le reproduzca un hecho tratado tal como lo haría sino ser emplazado a una experiencia estética distinta. El texto inspirado es el que saca al lector de su ubicación concreta llevándolo a viajar por sensaciones y sentimientos en una nueva experiencia que ninguna otra cosa le hubiera producido en ese momento. Dada la cantidad de literatura producida a lo largo de los siglos es difícil innovar nuevos procedimientos para secuestrar la atención lectora por un rato o a lo largo de la duración de un texto dado, sea una novela de 800 páginas o un artículo de mil palabras.
En la experiencia escritora a veces sucede que aquello que se va a escribir es algo que de alguna manera ya está escrito en la mente autora. Las frases surgen encadenadamente como si llevaran largo tiempo esperando a brotar. Escribir, decimos, es una forma de concretar el pensamiento. También lo es hablar. Hasta que no pones sobre un tema no pones en evidencia lo que realmente piensas y sabes sobre el mismo.
Establecida la decisión de bregar con letras para construir relatos, diálogos, ensayos o historiografías, las musas van apareciendo. Las musas como los dioses no ayudan a no ser que el ayudado se ayude a sí mismo. La musa inspiratriz raramente toma el cuerpo de mujer para ponerte en el tajo, o en el ordenador, pasa hacer líneas quilométricas. En realidad es comprensiva y respeta tu ritmo, tus propósitos, tus averiguaciones estilísticas y –lo que es más importante- tus errores. Una musa, al fin y al cabo, vive del aire del cielo mientras que un escritor/a tiene un aparato digestivo que pasa por cubrir necesidades concretas que se pagan con dinero concreto.
Todos sabemos que la inspiración sin la exhudoración no es gran cosa, y que el talento sin una disciplina sistemática se queda en un virtuosismo irrentable. El trabajo literario pasa por un combinado de originalidad e imaginación, pero también de revisiones, correcciones, repasos, reconstrucciones, ampliaciones, extensiones y una gran dosis de humildad autocrítica. Explorar las vidas de los escritores no suelen arrojar modelos existenciales que copiar. Oscar Wilke y Rilke, admirables en sus textos, tienen algo más que aspectos rechazables en sus vidas reales. Si nadie es inocente en el mundo de los actos, no hay que esperar que tampoco se pueda ser en el mundo de las letras. Cuando me inicié en ellas tenia una idea un tanto bohemia y romántica de la vida de escritor: La de alguien que se manejaba a si mismo viviendo la vida que le apetecía sin dar cuentas a ningún amo. Metido en el oficio hasta el cuello en cuanto a sistemática productiva diaria de textos he encontrado que esa desobediencia básica del artista por cuenta propia no es tan total, ya que se debe a un mercado e incluso a unas pautas expresivas dominantes. No sé si las musas asisten a las disonancias propias de quien escribe ante su obra en crecimiento, lo que sí se es cada texto de autor/a proyecta o descarga toda la necesidad que tiene en dar a conocer su pensamiento, su ser, su vida, su discurso. Joan Pera explica la magia que experimenta cada vez que sube a un escenario, sentimiento que ha tenido desde sus primeras actuaciones de niño, que lo saca de lo anodino de la vida ordinaria. Escribir es también escenificar y experimentar esa magia de ser algo distinto a lo que habitualmente quien escribe es interpretado.
Cuando todavía estaba vinculado a soportes de papel de textos organicé la revista Letras y Musas como plataforma para literatura experimental y artículos ensayísticos sobre teoría del relato. Despues de una enorme cantidad de trabajo en multicopiarlos y distribuirlos pensé que en la época digital los árboles no merecían tanto atropello y pensé en que era suficiente con insertar los textos en la red para lecturas que los gozaran u ojeadas rabiosas que no pudieran sufrirlos. En eso estoy. Sirva esto como presentación de un espacio blog en el que caben relatos y retratos imaginarios pero también anécdotas y ensayos sobre el escribir. Sé de buena tinta que las musas están de acuerdo, solo necesitamos dedos ágiles y ocurrencias miles para seguirlo pasando todo, absolutamente todo, por la palabra escrita.
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El guardián de la barrera. Pequeño estudio de la psicología del aduanero. Podgrad SLO 7sept2007
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Es la hora del programa de baños. El agua termal tiene el poder de la salvación. El baquet a la española aguarda. Algún cliente se mete con zapatos. Todo el mundo baja con sus albornoces y sus gorros y sus zapatillas con su papelito de instrucciones médicas que en acto burocrático la médica del día anterior ha subscrito en función de las informaciones dadas y ninguna exploración salvo la toma de presión. En la sauna del vaporarium un grupo de gente mayor permanece de pie en forma rectangular apoyada en una baranda bajo la cual diversos chorros de agua caliente impregnan la estancia de vapor. ¡No!¡hay que entrar en bañador!, dice el celador a uno que además de llegar tarde se quita el albornoz para quedarse en cueros. Es mixta, añade a modo de gran explicación. ¡¿Pero como!? ¡vds hacen propaganda del nudismo!, dice el transgresor, que lo había leído en uno de esos carteles muy bien enmarcados que esta clase de empobrecidos establecimientos como el que nos ocupa usa para promocionar grandes ideas. Total que acude a cinco minutos de sauna tapándose con el albornoz su partes pudientes. Una vez dentro algunas mujeres están de cháchara y7 uno los virtuosos exparalítico que hace sonadas y profundas inspiraciones les llama la atención: la sauna se toma en riguroso silencio para que sus efectos sean más positivos. Todo el mundo se calla.
A continuación, bañera, tras la cual, el mismo celador que trabaja en plan industrial da manguerazos a chorro sin acertar el punto intermedio entre el agua caliente y la fría, el sujeto protesta varias veces para no congelarse o para no quemarse sucesivamente. A partir del tercer día empieza a tomarle gusto al rito diario de las 9 de la mañana. Vapor y sus inhalaciones, sudor, puesta en remojo y thalasoterapeutizado. Luego, de vuelta a la habitación, se viste con la ropa con la que pasará el día. Otros clientes, más duchos en las prácticas balnearias, se meterán de nuevo en la cama para envolverse en frazadas y mantas bien tapaditos para usar a destajo. Hay que aprovechar los poros mientras estén calientes para expulsar por ellos todo lo que el cuerpo tenga que sacar, dice uno de ellos.
El primer día la primera impresión fue de un cero que apenas si se remontó a los dos días hasta un 2 para volver a bajar a un menos 1,5. Luego los siguientes días irían dando puntuación positiva. La costumbre o la fuerza de la costumbre iría remontando puntos. A los 6 días parecía estar a un +3,5 la simpatía del personal asistencial, las camareras, tan puestos, tan organizadas, guardándonos a todos los comensales mientras estábamos devorando nuestros platos y a la espera de los siguientes, el personal de baños, dándonos ordenes llamándonos a unos y a otros para meternos en remojo en las distintas bañeras, o someternos a manguerazos.
El personal de recepción con un ¡buenos días! siempre exageradísimo, con una sonrisa de oreja a oreja, las camareras de habitaciones pidiendo disculpas por haberme roto un frasco de colonia y ofrecerme la sustitución, la comida siempre variada y sabrosa aunque de menú fijo, el detalle de encender la calefacción una hora antes de despertarse o para calentar la habitación y el cuarto de baño, elevaron el tema a 4 puntos. El periódico reservado cada mañana en nuestro casillero, la habitación 217. Todo un detalle. Los expertos en chorros.
Otra cosas de vieja usanza, las monitoras se ocupaban del personal femenino y los monitores del masculino dejaban el establecimiento en el siglo XIX.
La reina Isabel había venido aquí y su bañera quedaba expuesta como trofeo en uno de los halls, también una placa de la curación laringea de Fleta eraotroorgullodel establecimiento, Pero yo seguia con mis 4 puntos de máxima.Meresistía adarles mas a no serde que sucediera algo nuevo. El acto burocrático de lamedica el primer dia y el dispensador de numerosde turno agotado no daban demasiado buenaimagen.
Otra gente puntuaba con cates el tipo de comida. Decía que era comida para pobres. Una mujer no pudo levantarse de la mesa tras una cena, no precisamente copiosa, y tuvo que ser llevada con una silla de ruedas hasta la habitación. Invariablemente el televisor estaba en un canal fijo, en la 1, con el panel de mandos bajo una cinta de adhesivo para que no fueran manipulados y se tenía que pedir al conserje que aumentara el volumen para poder seguir un programa.
Despues de la siesta practicábamos el clarinete mi pareja y yo, más ella, yo me dedicaba más al ordenador. Durante la cena rememorizábamos mentalmente las notas musicales y la colocación de los dedos para producirlas en la tercera y segunda tesituras.
Cada encargado de la talasoterapia tenía un estilo distinto. El que me tocó en suerte la primera vez no acertaba a equilibrar la temperatura entre los dos grifos fría caliente. Y además enfocaba el chorro de un punto a otro sin concierto ni control. Otro residente me dijo que el mismo chorreador le apuntó al escroto y por dos días tuvo dolor.
Otro, sordo, que confundí con argentino, pero auto declarado, santanderino, cántabro y “sobre todo español”, hacia el trabajo a conciencia sin olvidarse ninguna fibra muscular.
Lo primero era la sauna, una verdadero iniciación a los misterios de lagua. En el vaporarium todo el mundo en silencio como si fuéramos una secta. La amonestación del primer día a las mujeres que estaban raca que raca como si estuvieran en la fila de una tienda de ultramarinos aguardando tanda por Hilario, un residente veterano: “llevo quince años viniendo aquí y nunca me había pasado esto de tanta charla, la cura también es estar en silencio y ser consciente de la respiración”. Desde aquel día se callaron y siguieron calladas despues de que el tal Hilario dejara de ir. Los 10 minutos de vapor los tomaba como un espacio de meditación. El rato de espera para entrar a la bañera como lugar de tertulia. Tras la cena nos abutacábamos y alguna vez compartimos conversación y alguna partida.
Todo el establecimiento invitaba a una especie de conspiración creativa. Es una sensación que no puedo explicar. Se podía jugar al billar o jugar a ajedrez, aunque la mayoría de la gente era adepta a las partidas de cartas.
El dueño del local, una herencia familiar, nos contó sus trifurcas con el ayuntamiento a propósito de una cantera inmediata cuyos camiones pasaban por la pequeña calle que cruzaba por medio de los edificios, es decir el del hotel-restaurant y el balneario junto al rio. Vimos sus pancartas y simpatizamos con su causa.
Al anochecer había baile impulsado por una dinamizadora de buen ver. En una ocasión fuimos a una conferencia de marketing de unos tipos que pretendían vendernos unos colchones, con ese curioso estilo que empiezan ofertándolos al doble o al triple del precio final de enganche que prometen. Creo que nadie les compró nada.
Tras once días la nota final fue un aprobado y curiosamente nos quedó un algo de nostalgia. No nos importaría volver a repetir una estancia allí como residentes.
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