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The positiv man

Por YASHUAbcn - 8 de Agosto, 2008, 1:22, Categoría: RELATOS

Un tipo impecablemente trajeado con una ancha corbata de tonos rojizos y algún diseño hortelano, presentando una  cúrvea sonrisa de un pabellón auditivo al otro y con una electricidad radiante. Un todo-energía con el  mundo entero por bocadillo o tentempié. Alguien que en la primera entrevista y en una posterior de remate se presentó como personalidad con grandes proyectos montado en el negocio de las inmobiliarias y con unas ventas en perspectiva que le iban a dar notorios dividendos.Alguien con suma insistencia sobre la toma de la vida en positivo como base filosófica para todo. Interesante personaje o personajito de novelas de kiosko y con toda una estrategia para afilar su imagen bonachona y de ejecutivo impecable para merendarse a clientes potenciales al por mayor. Un tipo, en suma, de los que se habla un rato tras finitar la primera cita.

Dejé que hablara largo y tendido sobre si mismo y su modo de ver el mundo sin discutirle ninguna coma, no fuera a que le descolocara algún sillar de su castillo. Su amor  por la grandeza chocaba con  la exigüidad del espacio que yo le ofrecía en forma de alquiler mensual.

Ojalá fueran todos como él, me dije, un hombre positivizado siempre puede ir bien para pagar más baratos los revelados  de las instantáneas. Me equivocaba. Como siempre.

El chico  tenía bien ejercitado su papel de hombre cabal y predispuesto a hacer grandes fortunas y por adrede a hacer ganar dinero a quienes le contrataran. aunque su trabajo no estaba del todo consolidado actuaba como si ya lo estuviera.Enseguida comprendí que me estaba contando el cuento de la lechera con efectos especiales que incluían voz en off y una versión para adultos olvidadizos de infancias lechonas y cántaros rotos.

  No recuerdo el tiempo que permaneció en el grupo de descamisados del que me ocupaba, pero sí recuerdo que su programa y dieta de vida lo sacaban a a calle cada dia a hacer footing en medio de coches y humaredas,-dada la ubicación del apartamento dando a una carretera nacional- para mantenerse en forma en sus agresividades pletóricas frente a los compradores que por miles le esperarían en sus zonas de  ventas.

No fueron necesarias muchas semanas para advertir que su mochila de positividad no parecía servirle de demasiado  Se veía a sí mismo como un fracasado apenas rebasando los 30 años.Y yo dejé que se lo creyera. Un casero no debe inmiscuirse en los arrebatos emocionales de sus pacientes, perdón  quería decir de sus clientes. El inquilino es un sujeto circunstancial y aleatorio. Un pájaro de vuelo ligero y rápido.Un transeúnte.Alguien que tras un periodo de tiempo más o menos largo tan solo deja una ficha en un cartulina desvencijada por el tiempo donde figuran sus datos centrales y la cuota de su pago. Nada más. Es un punto y a parte antes de llegar. Evidentemente los hay que dejan huella y recuerdo, pero la mayoría se evaporan como el humo de un cigarro barato nada más irse. Si por añadidura el casero no lleva sus notas actualizadas, pasados unos cuantos meses ni siquiera queda el recuerdo de su cara. Yo estaba especialmente preparado para evacuar datos innecesarios de mi sistema mental y dérmico.De hecho, ahora que completo estas notas ni tengo su cara en mi archivo neuronal ni mucho menos su nombre que debería buscar en  la ficha de papel correspondiente.

De este hombre positivo no quedaba ni  rastro ni  nombre.Sí en cambio una ligera imagen hortera al que contribuían las hortalizas de diseño de sus atuendos. Contaba con una novia que se estaba sacando las oposiciones a mosso d´esquadra (¡viva la liberación femenina! ¡y qué viva y reviva!)y me consultó algunas veces por algunas cosas, ya no recuerdo de qué ni en qué frecuencia.

Mi actitud casera era la de usuario puntual y materialista de los recursos allí almacenados y para  la toma de pagos de los inquilinos estacionados. Mi protocolo no daba mucha cancha para dedicar tiempo a las tragicomedias ajenas aunque por mi talante de socialista de primera hornada me debía a esos proletarios que se dejaba caer de tarde en tarde con sus castillos  de naipes y sus cantimploras de aguarrás.

Un dia que estaba colgando un clavo para sostener una escalera de aluminio en la pequeña terraza me saludó desde la carretera.Iba acompañado de esa novia policía que le haría de sostén práctico y simbólico para las andaduras de una vida comercial que sin duda sería difícil.

Este hombre positivo a estas alturas ya habrá vendido la mitad de parcelas disponibles de las zonas residenciales ávidas de propietarios adictos a hipotecas y  tal vez sus dividendos hayan dado de sí para trocar sus castillos de naipes por un castillo de obra y mampostería en los Alpes.De hecho no estoy en posición de creer nada ni meterme a desarrollar con  arsenal fabulario ni lo uno ni lo otro. Para mi coleccionario de personajes raros es suficiente y para  un marco teórico de supervivencias su recuerdo es un dato más de como el comercio socorre a náufragos sociales de todo tipo cuya imagen y labia la ponen al servicio de  tremendos engaños especulativos o profesiones  que todo lo que tienen de imagen no lo tienen de sinceridad.