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Mecanismos de Exclusión.

Por JesRICART - 3 de Mayo, 2010, 17:41, Categoría: OBSERVATORIO

Los gestos de exclusión son permanentes y recíprocos. Todo individuo relacional se ajusta a su doble condición de excluyente y excluido. En la primera satisface su necesidad de depuración de actitudes ajenas librándose de lastres sobrantes y en la segunda sufre un rol de victimidad o de lesión por no ser tenido en cuenta. Trataré de posicionarme y analizar este hecho estructural en el comportamiento humano utilizando una anécdota de algo que me ha sucedido recientemente. Al ir a un restaurante a comer, del que clienteaba1 en un día festivo a un hora razonable (14 30 para la tarde que en Catalunya todavía hay mucha gente por sentarse a la mesa) la mánager que me conocía y con la que había buena entente dijo que no hacia falta que nos esperásemos (éramos 2) porqué estaba a rebosar y tenia mesas apalabradas. Ha sido la primera vez en toda mi vida de comensal en espacios publicos que en un restaurant me han dicho semejante cosa. En otras ocasiones en otros varios restaurants con exceso de clientela en horas punta o incluso con déficit de alimentos me han sugerido platos excepcionales o que me esperara a otro turno. Se mire por donde se mire fuimos excluidos de un recurso que a otros (los otros comensales) sí les era concedido. Probablemente la espontaneidad de la manager la hizo expresarse así sin medir las consecuencias de hacerlo. Segunda parte del tema: para otros oportunidades ha quedado interiorizado, sin necesidad de obligarme a planearlo, no volver a contar con este restaurante para ir a comer a pesar de tenerlo considerado por su buena cocina. Mi memoria ya no me lo sugerirá como opción y tampoco lo aceptará como propuesta de futuro si algún compañero que lo conoce lo propone. A la condición de excluso le añado la de excluyente. Volver a repetir 10 kms expresamente de vehículo -desde otra localidad- para ir a comer y no poder hacerlo no es una hazaña para repetirla una segunda vez. Posiblemente hay atenuantes del evento: la mánager es de una personalidad muy espontánea o bien estaba superatareada y ciertamente no podía asumir el excesivo trabajo que se le venia encima con dos comensales mas. Tal vez estuviera enfadada con nosotros porque en otras ocasiones nos sentábamos en la terraza de afuera por no soportar el humo de adentro. ¿quien sabe? No hubo conversación al respecto ni lo más probable es que la haya en el futuro. De hecho, la probabilidad de coincidir en cualquier otra parte será escasa por no decir nula. No hay conclusión rencorosa ni enfado alguno, simplemente mi memoria no traeré a colación su espacio para volver a ir, antes preferirá otro. He ahí una forma de exclusión reactiva a otra sin que antes de la anterior hubiera motivo para ésta. Lo interesante es la evaluación de la exclusión como premisa de supervivencia. La conducta selecciona -y por tanto premia- los actos que van a favor de un máximo de eficacia, también de una dignificación de la relación y por ende de la realidad. Los mecanismos de exclusión están inscritos en el aparato psíquico como parte de la dotación del equipo de lucha para la supervivencia. La inclusión de todo (es decir el deseo de inclusión) es una instancia cultural pero no una determinante de la naturaleza. No existe el omnivorismo como tampoco el omniactivismo: la asunción de todas las actividades y experiencias. La selección es un proceso inscrito en la naturaleza en sus leyes de funcionamiento y reproducido en los individuos. El sujeto humano existencial tiende a la selectividad empujado tanto por sus límites (no lo puede abordar todo por mucho que quiera) como por las restricciones con las que se encuentra (no puede transgredir todos los límites ajenos con los que se encuentra). Esa dinamo contradictoria que consiste en la combinatoria inclusión/exclusión está presente permanentemente en la psicología de las relaciones, en todas las tramas relacionales y tambien en la elegibilidad de las materialidades (las cosas y los espacios). Estar en la permanente posición del si aquiescente es tan impracticable como estar en la permanente posición del no del rechazo. El exceso de ingenuidad promueva la primera y el exceso de desconfianza la segunda. La psicología escapista (entiéndase la personalidad propensa a la evitación) sabe que siempre guarda un as en la manga para la retirada en caso de que las cosas se pongan complicadas ,feas o difíciles de entender. Los protocolos de huida están culturalmente estandarizados y son aceptados socialmente como expresiones de la normalidad. La cultura no promueve tanto el debate como la coexistencia no tensional aunque para ello se tenga que pasar por la fractura de todo contacto y el ceso de reuniones, usos compartidos o conversaciones. El ideal de una relación humana (es decir, sociocomunitaria) sinérgica y cooperante, choca contra las posibilidades reales para que ese criterio sea sistemáticamente implementado en toda situación y lugar, cualesquiera que sean las formas escénicas y las conductas que convergen. Todo lo que nos es dado desde la autoprotección de la dignidad es no volver a caer en la misma situacion para ser nuevaamente rechazados en caso de disintonía o desajuste. Básicamente lo que hace un humano no es tan distinto de lo que hace un animal al experimentar el impacto de una fuerza que lo excluye. Las golondrinas que venían a anidar todos los años a las vigas del porche del patio de mi casa familiar (ejemplo socorrido que he usado otras veces) dejaron de hacerlo las siguientes décadas a pesar de que las golondrinas vecinas continuaron anidando en las vigas de al lado que no recibieron ese trato de expulsión. La experiencia recibida de la exclusión es introyectada de tal manera que el sistema neuronal ya deja de contemplar la posibilidad de un dato que en otra época trajo una mala experiencia. Eso hace del excluyente en alguien tácito sin tener ni siquiera que reconsiderar la selección o no de un recurso. En algunas etapas de la vida la intempestividad lleva a ambicionarlo todo, a querer probar cualquier cosa, a conocer todos los sitios. Forma parte de los defectos naturales por las exageraciones que producen de la época formativa. Goethe dijo que si la juventud es un defecto, uno se corrige muy pronto de él. No por que aprenda -añado- sino porque el enlentecimiento de los movimientos impetuosos que trae la edad descarta ir tras cada estimulo atractivo. Como que e comportamiento, en tanto que suma de conductas y/o de actividades, lleva a un reparto o a una distribución en una sociedad de multiofertas, lo que no se encuentra en un lugar se busca en otro y el trato correcto o esperable que no se recibe en uno se prefiere buscar en otro con más garantías. A un trato incorrecto, cuando no injusto, le corresponde la elaboración de una posición que no teme caer en injusta si con ella garantiza una prevalencia para cubrir una clase de necesidad posteriormente. La anécdota referida conecta con otras muchos menos elocuentes como ésta por lo que hace a ir a determinados espacios o locales de servicios donde el trato lo fue todo menos exquisito. La memoria lo recoge y sin hacer ningún esfuerzo posterior ni tomar ninguna decisión de boicot, la biografía posterior ya no recoge nunca mas otra tentativa usuaria en aquel lugar donde no se disfrutó o al que se asocia a una experiencia desagradable. Por suerte, el arco de recursos no para de multiplicarse y otros sitios, al menos en lo material, pueden reemplazar a los anteriores que fallan. Honestamente, nadie puede negar que ha pasado por su rol de excluir a otro que no le haga el peso. La insatisfacción o la sorpresa por no estar a la altura de lo esperable son razones suficientes para no volver al mismo lugar. La primera autoexigencia del consumo es no admitir repetir por segunda vez algo (o un servicio) que falla. Hay algo mas que una autodefensa ante errores ajenas con traducción de prejuicios o adversidades, hay una reinvindicación de la propia dignidad. El realista se ocupa de ajustar las velas -decía William George- mientras que el pesimista se queja del viento y el optimista espera que cambie. Hay un realismo al que toca apelar siempre: el de la adaptación a las circunstancias, es decir seguir buscando recursos en otra parte si son negados en la esperada.